sábado, 30 de agosto de 2014

Crítica de Rats, en el suple NO (Página 12)

JUEVES, 28 DE AGOSTO DE 2014

RATS, CASI UN MUSICAL ES CASI UN GUIÑO GENERACIONAL

“La de 2001 fue la fractura social más grande que nos tocó”

Sebastián Kirszner presenta una obra con códigos de absurdo y grotesco con gran injerencia de los vaivenes de la última década.
 Por Brian Majlin
Anclada en la intertextualidad, Rats, casi un musical remite inevitablemente a Cats, la obra que puso en escena durante más de 20 años Andrew Lloyd Webber. Pero no es el único guiño de la puesta escrita y dirigida por Sebastián Kirszner, parodia sobre la sociedad comercial que se basa en los guiños. Desde la actuación y sus gajes hasta la conformación de las burocracias sindicales, pasando por la tinellización, la fama, el show y la producción en cooperativa, los guiños son provocados por seis “ractrices”, pequeños mutantes formados a partir de la caída de un televisor en una heladera de un supermercado chino durante los saqueos de 2001, que dialogan con múltiples aspectos de la vida cotidiana y, sobre todo, con la generación que creció consumiendo el menemismo y las sobras.
El teatro de Kirszner atrapa por la sagacidad con la que enlaza el discurso crítico –reflexivo– con la comedia y el entretenimiento. Si en sus anteriores obras ya lo había mostrado (Las Memorias de Blanch, por ejemplo), en Rats ratifica –precisamente– un andar conferido al análisis de la sociedad a partir de posar la lupa sobre la actuación y el teatro. Las ractrices viven ensayando, discutiendo, soñando –desde Jan Klon Van Rat hasta la rata Marilyn, pasando por un burócrata sindical o el émulo de Shakespeare– debajo del Complejo Teatral San Ratín, viajan en el “Soretebus” por las cloacas y se debaten entre continuar con su modo de agrupación cooperativa de teatro o la entrada al mundo comercial de las corporaciones: un laboratorio quiere patrocinarlas.
Según Kirszner no hay búsqueda consciente de ubicarse en el registro de la parodia social, pero comprende, sí, que “la obra propia tiene tintes de comedia, de absurdo, de grotesco” y explica su visión: “El cuerpo del actor en escena siempre está opinando sobre ciertos temas de la realidad. A veces es más evidente, y otras desde lo micropolítico, también está resonando”.
En Rats la evidencia se da en las referencias a la tinellización, el show, la mediatización, el sueño de popularidad –irrumpir en la obra de los humanos y mostrar su valía como ractrices– versus el sueño de la independencia y el arte más elevado, sea lo que fuere. Kirszner le otorga a la búsqueda de fama el rol de “esa zanahoria del capitalismo que todos persiguen” y que deriva en la pregunta: “¿Es lo mismo producir bajo las lógicas de los laboratorios que bajo las de la cooperativa?”.

¿Y hay respuesta?

–Cada vez hay más movimiento entre los distintos circuitos: directores y actores que van y vienen entre el off, el comercial y el oficial. Esta tendencia hace que a veces ese límite no esté tan preciso: hay muchas obras del off, con lógicas de actuación tirando a “televisivas”, y también hay propuestas del comercial que impulsadas por creadores provenientes del off intentan cierta búsqueda poética. No sé si la pueden lograr. Rats abre esa pregunta.
Las respuestas, entonces, hay que buscarlas hacia adentro. Esta obra –como otras de teatristas coetáneos– dan la tecla en la identificación generacional con los adultos jóvenes post 2001. “Irrumpe como tema en varias porque fue la fractura social más grande que nos tocó, por eso resuena en nuestros relatos”, dice Kirszner. Una vez más, la noción de pintar la propia aldea –por pequeña que sea– para resonar nociones universales.

¿Cómo está la escena teatral en relación con posibilidades y salas?

–Desde el lugar de hacedores, a la hora de poner una obra en cartel siempre hablando del circuito alternativo, lo más difícil no es conseguir el espacio, que por suerte hay muchos, sino superar el umbral de las ocho funciones, generar que la obra entre en el circuito de la recomendación de boca en boca, y no hacerlo sólo para los familiares y amigos. Si se puede vivir del teatro es una pregunta obligada que circula en los pasillos donde se cruzan dos teatristas, pero se trata de vivir haciendo teatro, más que vivir del teatro.

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